jueves, 23 de noviembre de 2017

Sonrisa de Cheshire


¿Qué te falta, sombrerero loco?
Aquí tengo para hacerte feliz una vieja chistera llena de pequeños detalles,
grandes como galaxias de Andrómeda.
Porque se puede ser feliz con muy poco, ¿sabes?
Con un chasquido de palabras puedo hacer que florezcan ante ti los árboles del paraíso
o trescientas barritas crujientes de chocolate
o un vals de Chopin.
Lo que necesites en cada momento.
Al conejo blanco le gustan los relojes porque piensa que siempre tiene algo que hacer,
como si no pudiera descansar un ratito para tomar té
o deleitarse con el baile de las pelusas que se arremolinan en las calles.
Hasta las pelusas tienen sentimientos.
La oruga fumaquetefuma porque sabe que las cosas que brillan demasiado son cortinas de humo,
y espera convertirse algún día en mariposa de altos vueltos.
La reina tiene el corazón en un puño,
y lo aprieta con la mirada perdida como si fuera una pelota de esas antiestrés.
Ya ves, cada cual tiene sus manías.
A mí me gustaban los reinos descomunales, los océanos,
los palacios con sillones orejeros,
los amaneceres soleados,
los amores cosidos como un traje a medida.
Y hoy solo quiero ser hoguera,
sonreír en la oscuridad como el gato del país de las maravillas,
brindar con tenedores y cucharillas de café,
y levantar imperios con una simple metáfora.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Último asalto


No tengas prisa, querido mundo. Algún día serás testigo de la auténtica revolución. La guerra que late en la distancia hoy es el suave redoble de un tambor. Mañana, la estampida de Jumanji.

No tengas miedo, querido mundo. Una orquesta sinfónica está preparando su mejor concierto. Rugirá furioso el viento en los oídos de quienes no quieren escuchar. Vibrarán las cuerdas vocales acalladas hasta romper la barrera del sonido. El ritmo de la percusión lo impondrá el paso firme de un gigante arrebatado.

Créeme, oh mundo malherido, llegará el momento. La operación está en marcha, dale tiempo. Ataque total por tierra, mar y aire. Llegará la hora de los boinas verdes, un ejército de pinos, robles y eucaliptos que abandonarán los bosques calcinados para aplastar la codicia dominante. La legión de infantería evacuará cunetas y jardines para machacar con sus raíces los índices bursátiles. Florecerá la resistencia en cada hectárea devastada de tu reino.

Ahí estará el cuerpo de marines desembarcando a lo Normandía. Ahí llegarán los peces con petróleo en las arterias, las ballenas con arpones por banderas. Los arrecifes de coral invadirán las carreteras y la espuma de las olas será el cava del futuro. Escuadrones de pingüinos tomarán los parlamentos en ausencia de glaciares. Focas y zorros se abrigarán con la piel de sus verdugos.

El espacio aéreo quedará colapsado por un batallón de aves furiosas. Los cuervos aterrizarán con maestría en las pupilas de la envidia, plumas afiladas como dagas lloverán perforando los tejados. Los gases contaminantes usarán agentes químicos desde las trincheras, loros y cotorras darán voz a la oprimida mayoría. A los buitres mercenarios les espera un festín en entidades financieras.

No habrá nombres suficientes para tantos huracanes, las tormentas serán de clorofila. Será la guerra subversiva, la guerra relámpago, la guerra de guerrillas. Será desde el fango, desde la arena, desde las profundidades marinas, desde las entrañas de las nubes.

Llegará el momento, querido mundo. La venganza de la naturaleza.
Y después de todo eso, habrá un silencio atronador.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Derivada de guerra


Quedaban poco más de 10 kilómetros, pero al número 76 le dolían demasiado las piernas. Cojeaba ostensiblemente de la derecha, que no sentía desde hacía tiempo. Amplios moratones coloreaban el muslo. Dos días antes cayó desde una altura de cinco metros cuando saltó desde la ventana de su casa, que se vino abajo poco después. Quizá un trombo.

Quedaban poco más de siete kilómetros, pero el número 44 se desmayó sobre la arena. Sangraba a borbotones de un costado, aunque había intentado frenar la hemorragia con una camisa sucia que apretaba con una cuerda de esparto. Esa mañana recibió un balazo que atravesó silbando la calle por donde cruzaba de acera a acera. Quizá desangrado.

Quedaban poco más de siete kilómetros, pero el número 43 se arrodilló junto al número 44. Tenía la cara ennegrecida y los ojos hundidos. En el brazo derecho presentaba quemaduras de segundo grado, pero eso no impidió que rodeara con él los hombros del número 44 y lo colocara bajo su cabeza a modo de almohada. Quizá la tristeza.

Quedaban poco más de cinco kilómetros, pero el número 62 se detuvo y miró hacia el cielo nocturno. Su cuerpo estaba prácticamente desnudo, salvo por unos pantalones de algodón rasgados a la altura de las rodillas. Exhalaba gruesas nubes de vaho y temblaba con espasmos nerviosos. Tenía la garganta inflamada y los labios azulados. Quizá el frío.

Quedaban poco más de tres kilómetros, pero al número 27 le parecía un mundo de distancia. Se sentó en el suelo abatido. Había perdido a su hermana, el número 28, varios kilómetros atrás. Ella le dijo que no se detuviera, que más adelante estaría a salvo. Se sacudió el polvo de las mejillas y del pelo y se levantó entre mareos. Lentamente, reanudó la marcha. Estuvo cerca de ser la nostalgia.

Quedaba menos de un kilómetro, y el número 1 podía ver un grupo de luces que palpitaban a lo lejos. Las estrellas vibraban como luciérnagas que festejaban una reunión de antiguos alumnos. Ochocientos metros. El número 59 vomitó un charco de bilis sobre sus pies descalzos. Seiscientos metros. El número 38 aún tuvo fuerzas para echar a correr. Doscientos metros después le reventó el corazón. Quizá la ansiedad. A cien metros, los ojos del número 1 se llenaron de lágrimas. El número 27 se acordó de su hermana mientras se acercaba a la valla donde las luces refulgían como antorchas de un castillo. Su voz retumbó en su cabeza mientras una figura le arropaba con una manta suave, parecida a la que cubría su cama hacía menos de dos días. “Ahí adelante estarás a salvo, pequeño, confía en mí”. Se estremeció y quiso gritar asustado, pero ella le había enseñado que los números siempre deben ser valientes.

Setenta y nueve números cruzaron la línea de meta esa noche, la noche de las luciérnagas. Dieciocho números se apagaron en el camino.
Pero sólo eran eso.
Números.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Maneras de follar


En Madrid, Natalia le comió el coño a Lucía después de haber ido juntas al concierto de Aerosmith para celebrar su trigésimo cumpleaños.

En Barcelona, Marcos le pidió un cigarro a Bryan a la salida de un garito en El Raval y a las dos horas le pedía que follara más rápido.

En una pequeña aldea de las Rías Baixas, Antonia y Josefina se acariciaban desnudas mientras sus maridos jugaban al dominó en el bar.

En Sevilla, la temperatura corporal de Jesús y Micaela disparó el mercurio del termómetro que tenían en la pared del dormitorio.

Justo en ese momento, los anclajes del cabecero de la cama de Sofía cayeron al suelo destrozados tras una poderosa embestida de Hugo.

En un hotel parisino, Charlotte y Olivia cumplían su fantasía erótica número 37: hacer el amor sólo con una chupa de cuero puesta.

Giuseppe se quitaba la peluca en los momentos previos a ser penetrado con un artilugio de 30 centímetros manejado por Philippe.

Cerca de allí, Sor Catalina invocaba a todos los dioses cuando Fray Luciano le introducía el tercer dedo mientras jugueteaba con sus pechos.

Vishnú y Shiva escucharon tales plegarias y en un arrebato de lujuria irrefrenable pasaron a la acción.

Desconocido número 1, desconocido número 2 y desconocida número 3 quisieron conocerse en posición horizontal después de seis meses hablando por internet.

A través de un agujero en el tiempo, pudo verse cómo Sócrates se arrodillaba frente a uno de sus discípulos y hacía gala de su magnífica oratoria.

Un chihuahua quedó locamente enamorado de una preciosa bull terrier en Central Park.

En el mismo segundo histórico, Sídney, Ciudad del Cabo y Bogotá fueron testigos de varios orgasmos que superaron el límite de decibelios permitidos.

Los potentes gemidos llenaron el mundo. Y llegaron a Marte, donde XJ-82 y GL-54 empezaron a lamerse con algo semejante a dos lenguas arcoíris.

Lo que parece tan terrible, obsceno y singular, es más frecuente de lo que crees.
Si las alcobas hablasen, nos dejarían sordos.
Son simplemente distintas.
Maneras de follar.

sábado, 1 de julio de 2017

Y descansó


Y vio Dios que la tierra estaba yerma y oscura y decidió crear la luz y el agua, y la luz y el agua se extendieron sobre cada partícula de materia inerte y les regaló vida, y la vida floreció en semillas que se esparcieron por todo el mundo en una ráfaga de viento provocada por un eructo de Dios, que celebraba su hazaña con una cerveza relajado en su gran trono, y vio que aquello no era suficiente para divertirse así que decidió crear un ser a su imagen y semejanza al que pudiera aplastar con un dedo cuando le entraran ganas de sentirse poderoso, y se masturbó con la mano izquierda derramando su majestuoso esperma sobre la capa terrestre y ahí creció un organismo al que llamó hombre y al que insufló su codicia divina, y como vio que aquello no era suficiente para divertirse, con la precisión de un cirujano le extirpó una costilla para crear una mujer y hacerles creer que gracias a ellos la especie podría dispersar sus bondades, y ahí sin quererlo el buen Dios fabricó la primera célula de estupidez que empezó a crecer y multiplicarse.

Y vio Dios que aquellas dos criaturas no tenían química entre ellas, así que desempolvó su pequeño laboratorio del desván y en una probeta mezcló sangre, sudor y lágrimas y tras una magnífica explosión de júbilo y amargura creó el amor, el amor descafeinado, el amor ingenuo, el amor complicado, el amor mortal, el amor aburrido, el amor mentiroso, el amor cobarde, el amor en sus infinitas ramas para que aquellas insulsas criaturas se divirtieran en ese circo y a la vez hicieran divertirse al buen Dios que todo lo observaba, y el amor se hizo sólido, y el amor se hizo urgente, y el amor se hizo oxígeno, y el amor al sentirse tan importante se atrevió a plantar cara al altísimo y al poco tiempo tuvo un desdoblamiento de personalidad y se convirtió en ego, y el ego en furia, y la furia en hambre, y el hambre en soledad, y la soledad quiso ser buena y quiso ser útil, y se escondió en un rincón de aquel paraíso en ruinas para quererse a sí misma mientras la mujer y el hombre empezaron a crecer y multiplicarse.

Y vio Dios que aquello no era suficiente para divertirse, así que creó el deseo y lo convirtió en el peor enemigo del anárquico amor, y esta némesis celestial fue el caldo de cultivo de las guerras, las guillotinas, los mercados bursátiles, los tipos al alza, las fechas de caducidad en los yogures, los clínex, los ataúdes en madera de pino, la carne hormonada, las concertinas, los mañana se lo digo, los te quiero pero, los toques de queda, las bocinas en los atascos, las operaciones de estética, los ladrones de sueños, los ombligos del mundo, los has cambiado y ya no, los no has cambiado nada y ya no, las aduanas, los mitos, las plazas de parking, la deforestación, las granjas de pieles, las alarmas en los despertadores y otras cuantas cosas más que empezaron a crecer y multiplicarse.

Y vio Dios que todo aquello no era suficiente, que no se divertía, que ese libre albedrío era bello pero demasiado predecible, demasiado ordenado, como una inabarcable alfombra persa, bonito pero simétrico, armónico, aburrido, así que decidió confeccionar su producto estrella, ese con el que rompería las leyes del espacio-tiempo, su monstruo final, la solución perfecta del algoritmo, su puñetero big bang, y creó un formidable artilugio de agitación mental al que llamó esperanza.

Y disfrazó aquella maldita cosa de manzana y la colgó de un árbol.