sábado, 12 de julio de 2008

Tormento

Ya me lo han dicho en bastantes ocasiones (la última hace escasas horas) y sigo sin hacer caso. Me he equivocado de profesión, sentencian. Yo permanezco impertérrito, por lo menos aún. Pero cuando uno tiene tiempo para reflexionar en estado de relajación, tumbado en la cama vamos, comienzan las llamadas “voces del tormento”, algo así como una batería de cavilaciones nada alentadoras. No hay más que ver que todas las chicas de OT cuyas voces no dan ni para formar parte del infame Al pie de la letra, ya se han despojado de sus ropas en Interviú y se han embolsado un buen taco para sus vacaciones veraniegas.

Esto no es algo nuevo, pero las voces del tormento son cada vez más graves y lúgubres. Y es que ya se apuntan a la sesión fotográfico-lasciva las de Gran Hermano, las políticas, las cantantes, las árbitros de fútbol, las nadadoras profesionales, las vedettes de los 70, las modelos fracasadas, las modelos de millonettis, las militares, las actrices deplorables… una infinidad ya saben cuál es el valor de sus carnes, y no es precisamente un módico precio.

Pero posar en las revistas tal y como vinimos al mundo necesita que los demás, pobres corderos degollados esclavos de la lujuria, compren esas publicaciones. Aunque bueno, potencialmente están adquiriendo una prueba fehaciente de que el Photoshop funciona, con errores catastróficos en la mayoría de los casos y justificando que aunque a muchas monas las vistan de seda, gorilas se quedan. ¿Será un error el ser periodista? ¿Es más fácil someterse en pelotas a la tiranía de la opinión pública para sacarse los cuartos? ¿Y agacharse debajo de la mesa del jefe?

No sé las respuestas a las preguntas del tormento, pero las voces angustian más que aquellos agoreros de los que hablaba al principio. De hecho, yo ya me estoy planteando ponerme pechos, quitarme el miembro y saltar a la palestra del casposeo de los 2 rombos.

viernes, 11 de julio de 2008

Engaño

Con franqueza diré: Nos están engañando. Así de fácil es decirlo, lástima que sea tan complicado de digerir. Primero leo por ahí que el cine español ha recaudado este semestre el doble en taquilla que el año pasado durante el mismo periodo. Hasta ahí vale. Pero veamos las películas: Mortadelo y Filemón: Misión salvar la Tierra, 7,7 millones de espectadores. Sería perfecto si no fuera porque todos esos espectadores se tiraron de los pelos a la salida del cine tras haber tirado 6 euros a la basura. Los crímenes de Oxford, 8 millones y pico. Según su ficha es una coproducción de… ¡3 países! Pero Dios me libre de mancillar el nombre de Álex de la Iglesia. Aún así la noticia no sé que pretenderá, no se puede resucitar a los muertos y nuestro cine ya disfrutó hace mucho de su sepelio, algo cutre por cierto.

Pero esto no tiene nada que ver con el asunto de hoy, sólo es algo que necesitaba destacar. Lo que sí interesa es el engaño, ese concepto tan sutil y tan patógeno para los feligreses. Muchas veces es un auténtico honor tratar con un embaucador profesional, por su capacidad para fascinarnos con sus historias y su enorme facilidad para creerse sus propias mentiras. Pero hay que tomárselo con filosofía, imaginando por ejemplo que estamos asistiendo a una obra de teatro callejera.

El engaño es como eructar ruidosamente en un restaurante. Todo el mundo puede hacerlo, pero es políticamente incorrecto. Sin embargo, los gases del estómago son muy traicioneros y les gusta hacernos creer que pueden hacernos reventar si no los expulsamos. Así que uno decide, o revienta o comete un acto impuro. El engañar es una necesidad biológica, un puro trámite de los propósitos. Y es algo que puede llegar a convertirse en parapeto o en bayoneta, según el don de gentes de cada uno.

Fe de erratas: El cine español sí puede resucitar, y sin ningún tipo de ritual macabro. No hay más que grabar el día a día de los vendedores de humo que nos encontramos tras el telón. Yo lo financiaría, desde luego. El problema es que nosotros mismos podemos convertirnos en los protagonistas.

miércoles, 9 de julio de 2008

Estrógenos

La especie femenina siempre ha sabido sobrevivir a su entorno. Ya fuera por debilidad de sus adversarios como por picardía propia, lo mismo da, el fin siempre justifica los medios. Y es que ellas se esconden y golpean como un púgil novato, tímido con los puños pero sorprendente en sus estrategias. No es fácil cansar al otro y vencer en la batalla psicológica, cuando el público bosteza, cuando el árbitro no mira, cuando se va la luz en el cuadrilátero. Cuando menos te lo esperas.

Digamos que sus armas son las mismas que las del mosquito. Un puñal y un zumbido. El zumbido avisa de que viene, pero el picotazo siempre molesta después. La picadura no acepta paliativos y no distingue de víctimas, no importa cuánto logres evitarla, siempre llega alguna. Y será cuando esa mosquito quiera, no cuando estemos con el insecticida preparado. Es prácticamente imposible salir airoso de un encontronazo con una de ellas, porque sus artimañas para la supervivencia son dignas de elogio.

Debe ser algo de los estrógenos lo que nos hace a los hombres seres inferiores. Por fuerza de voluntad, por dejarnos llevar por la corriente, por nadar contra ella, por buscar demasiadas excusas cuando los mosquitos no las toleran. Ellos vuelan y atacan unilateralmente, no necesitan huestes ni peones para vencer. Hay que emular su astucia y actuar pensando en el siguiente movimiento, sin preocuparse del qué dirán, del cuándo lo dirán, del porqué.

Son tantas las razones por las que nos acabaremos extinguiendo, sexuales o no, que me he construido mi propia trinchera de papel, me convertiré en un auténtico ermitaño de las letras. Siempre he dicho que el ser humano se encuentra en un proceso gradual de desaparición, y no me equivocaba: Los mosquitos dominarán el universo.

Ciclos

En medio de la algarabía popular por los éxitos del deporte español, las mentes inquietas nos planteamos una serie de dudas existenciales. ¿Formará esto parte de alguna estratagema política para unir al país? ¿Por qué dice más de uno que gritar el vivaespaña está sólo bien visto en los periodos de bonanza deportiva? ¿Cuándo es la fecha de caducidad del lema Podemos? ¿Se regenerará la economía por estos triunfos? Son muchas las preguntas y variopintas las respuestas, aunque por suerte a la mayoría no interesan demasiado.

Desgraciadamente, la vida nos envuelve con sus ciclos. Los que perdieron la memoria por golpe, despiste o falta de ganas, ya no recuerdan aquellos momentos de crítica general, donde la lluvia de insultos ahogaba a los que hoy son ídolos de masas. Ayer eran un atajo de inútiles, una panda de vagos y maleantes, un grupillo de acabaos. Resulta curioso comprobar hasta dónde llega la bajada de pantalones de la afición, tan aburrida de los fracasos que un solo triunfo mitifica a los repudiados.

Pero resulta aún más cómico que nadie se haya dado cuenta de este asunto, o que nadie haya querido resaltarlo, todo es posible, el espanto ya no me duele. Ni hace un año eran tan malos ni hoy son tan buenos. Ahora las encuestas corroboran este giro brusco de opinión. Nuestra selección de fútbol ahora derrocha magia, sienten la roja con una pasión envidiable, juegan como un bloque unido y compacto, se merecen lo que cobran… en fin, todas esas cosas que censurábamos de los jugadores y que hoy se han transformado por completo.

Pero la metamorfosis es un proceso lento y costoso, y requiere un mimo demasiado especial como para tomárselo a la ligera. Racha magnífica, época dorada, sí, lo que quieran, pero nada es eterno. Los que sí deben ser constantes son los baremos a la hora de juzgar.